Maldita y arruinada soledad
Hoy sentí esa dolorosa necesidad de ya no estar solo. Este dolor: el hilo que nos ensarta a todos, es tremendamente insoportable. Mire que si, la soledad es una buena aliada, buena amiga, buena compañera, fiel siempre fiel, no le engaña ni traiciona y le acompaña hasta el fin. Pero a menudo, muy a menudo (hay que aceptarlo) esa soledad aburre con sus lamentaciones sin sentimiento, hastía con sus palabras hundidas al unísono y mata, mata muy cruelmente, despilfarra, hace añicos.
Hoy le escribo a usted: a la que aún no conozco y a la que jamás llegue a conocer, para que sepa que desde el fondo de mi corazón yo la necesito siempre, para que escuche el latir de este corazón viejo y arrugado por el tiempo, porque quiero (que le quede bien claro) que esté conmigo hasta que usted o yo tengamos que partir. Hoy la necesito, de verdad que si, le prometo que harto la necesito; la quiero aquí donde hoy permanezco sentado, para que me abrace, me de un leve y tierno beso y me diga muy cariñosamente te quiero.